La prostituta y yo

Tengo una relación con una prostituta de Tacuba. Nunca he hablando con ella, rara vez la veo a la cara, una sola vez la he visto a los ojos y la veo cinco días a la semana, a lo mucho. Paso junto a ella mientras espera ‘cliente’. Siempre que paso por ahí, triste, pensativo o
contento, no puedo evitar mirar de reojo. Aveces sonríe, no importando si esta sola, otras veces tiene la vista baja, pensativa y sombría. Soy cuidadoso, no quiero que me vea mirarla, no quiero que se sienta juzgada. Verla se ha vuelto parte de mi rutina. Verla sonreír me anima, alguien con una vida tan dura y una sonrisa tan franca es muy raro estos días. Verla triste me da fuerza, su vida es más dura que la mía. No verla me estremece y entristece. Sé que ella me reconoce, la he visto mirarme de *soslayo al pasar. Muchas veces al caminar por
ahí, imagino que le hablo, que la saludo y la invito a comer. Ella es una mujer y yo no estoy  interesado en sexo comprado. En el placebo del amor. Imagino que le pregunto de su vida, de sus hijos, de sus sueños y aspiraciones. Imagino que después de comer compartimos un
cigarrillo y después yo parto a mi casa y ella sigue con su trabajo. No lo haré, no quiero molestarla, no quiero implicarme en nada. Imaginar es seguro y fácil, sin problemas ni repercusiones. Somos amigos mudos, no nos miramos directamente ni nos escuchamos. Pero
sabemos que existimos.