Ser zombie para vivir

Mis hermanas y yo ´zombiand' en metro Popotla

El 23 de octubre fue la “Zombie Walk” México. Se dice que se reunieron alrededor de 6 mil personas que marcharon del monumento a la Revolución al Zócalo de la ciudad de México. Todos ellos caracterizados como zombies. Con sangre en los rostros, ropa desgarrada y manchada. Sin más deseo que el instinto primordial de alimentarse. Yo fui uno de esos zombies. Camine a lo largo del centro de la ciudad y me la pase muy bien, y me lleve la impresión de que la gente que estaba a mi alrededor también se la paso bien. Entre la concurrencia que se reunió para observar la marcha, la sorpresa y la emoción (acompañada de un poco de miedo) eran los sentimientos en común. No falto aquel gruñón/gruñona que prefirió quejarse y molestarse en vez de disfrutar como todos los demás. Mi madre y mis hermanas me acompañaron. Mi madre no sabe nada de zombies, todo le parece raro y sin sentido (y la verdad es que ese es el punto). Muchas “razones” se dieron para justificar la caminata. La deshumanización, ayuda a estados que sufrieron desastres naturales, honrar a George Romero(“creador” del género zombie), el estreno de una serie de televisión, etc. La verdad es que todas esas razones me parecen pura caca. Sí, caca. La verdad yo no lleve alimentos para esos estados azotados por la naturaleza; a mi George Romero me parece un cabrón más (podría honrar al boleador o al franelero de la misma manera), la deshumanización sí me preocupa, pero marchar bañado en sangre artificial y masticando un dedo falso no es como yo protestaría. La verdad, yo fui zombie el día sábado 23 de octubre para dejar de serlo. Está bien cabrón darse cuenta que tan amargados estamos. Yo me di cuenta mientras le gemía a la gente, vomitaba sangre falsa en Starbucks y golpeaba las cortinas cerradas de un bar mientras gritaba “chelas pa’los zombies” Salí de mi rutina, reí como no rio en la semana, me relaje, ¡me sentí vivo carajo! No necesitamos grandes cosas para ser felices. La verdad. Todos los gadgets que tienes en el bolsillo, la enorme pantalla (ya no televisión) que está en tu sala, la consola que te da una realidad aún más real que el mundo real (¿qué chingados con eso?) Todo eso no basta para ser feliz. Tengo todo eso y más. Pero no puedo evitar querer más. Caminar junto a tu familia (bañado en sangre falsa y con maquillaje ’zombiesco’ en la cara, en este caso) son cosas que no puedes comparar. Disfrutar una tarde con tus amigos, hacer algo alocado de vez en cuando, besar a la chica que quieres (y que te quieres, si no, estas xodido), romper con los esquemas de la vida diaria. Yo tuve que vestirme de zombie, caminar dos horas bajo el sol del mediodía, masticar un dedo de hule que a la distancia se asemejaba más a un pene que a un dedo. ¡AH! Pero que tarde hermanos, que tarde. Son esos días los que nos dan sentido, nos dan una identidad. La rutina no nos define, nos mecaniza, nos deshumaniza. Vístanse de zombies, de vampiros, de caperucita roja o de lobo feroz. Verán que no se arrepienten.